Abuelo
Tenía ochenta años y veintisiete dientes. Los lunes y martes olía a menta; el resto de la semana, a café. Presumía orgulloso que Tupiza era la cuna de la humanidad, y aseguraba con la mayor certeza que había pasado mil noches en el salar contando las estrellas, que había sido sobreviviente de la fuerza de no uno, sino dos rayos, y que pronto partiría a Ganímedes, luna de Júpiter. Nos confiaba sus delirios.
Su buen juicio había desaparecido ya hace años en el fondo de un baúl polvoriento; alguna vez lo canjeó por felicidad. Ahora su locura, siempre tan cuerda, deambula envuelta en sus propias fragancias por los corredores abandonados de la casona al final de la calle, trazando sus historias con las teclas oxidadas de la vieja máquina de escribir, encorvado su espíritu sobre páginas amarillentas y arrugadas… por las noches, en eterna soledad.

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