La anciana

    El chirrido de las viejas bisagras de hierro lo despertó.

    Le tomó unos segundos recordar dónde estaba y entonces sus latidos acelerados retumbaron en las frías paredes de granito. De pronto, unos pasos abatidos irrumpieron el eco metálico. Era la anciana. Se acurrucó en la esquina de la habitación, protegiéndose en vano detrás de la oscuridad; el sonido de las cadenas al arrastrarse flotó en el aire por unos instantes. La puerta se abrió y entró a la pieza un cuerpo encorvado, iluminado solamente por los débiles rayos que se daban paso por las goteras del techo. Las sombras resaltaban la cínica curva de su sonrisa escondida entre flácidas arrugas. Se acercó al prisionero y dobló sus rodillas hasta donde los años se lo permitieron para dejar una bandeja con comida en el suelo. Apenas eran una manzana y un pan con moho. Después, fijó su atención en el prisionero. Sus ojos resplandecían como un feroz felino en la penumbra.

    —Come —dijo, y la orden retumbó en el calabozo—. Hoy es el día.



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