Me enamoré de él (porque)
Me enamoré de
él porque me proporcionaba más respuestas que la vida misma, porque me
provocaba lo mismo que las palabras, que un poema de Benedetti o Lolita de
Nabokov, porque era el cielo encarnado en la realidad, un mar de mil mundos ahogados
en la superficialidad de la represión. Con él encajaba hasta el final, donde
podíamos suspirar y permanecer en euforias de paz. Me enamoré de él porque más
que un libro, era un cuaderno abierto que sorprendentemente nadie había escrito
aún, y me brindó a mí y sólo a mí el privilegio de poder trazar en bocetos de romance
una historia digna de pantallas de cine de los años cincuenta. Porque a falta
de palabras para explicar la manera de cómo me hacía sentir, tuve que inventar
un diccionario. Porque era él y mil veces él. Porque supo esculpir, leer,
dibujar nuestras almas, nuestra pasión, magia y amor para cualquiera que venga
después de mil años.
Todo en él me
consumía, me fatigaba, me desarmaba, me mataba y me encantaba como los cielos;
lo deseaba tanto como deseo el té a media mañana, tanto que procuraba que fuera
el único que podía destrozarme, agitarme y volverme completamente loca. Por eso
lo amo, y no puedo evitar amarlo menos. Su existencia es como el verano más
largo para mí, una oleada de escalofríos, de calor y del sol bañando a los
árboles del monte y a extensos valles verdes. Se ha asentado en mis ojos y en
mi corazón y la única manera de arrancarlo es escapar de mi propio cuerpo.
Ahora postrada en la incertidumbre de su seguridad de mi amor por él, sólo me
queda preguntarme en silencio cuándo me devolverá mi espíritu, porque ya es
completa y enteramente suyo.

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