Santi

“¡Santi!”.

La voz de mi madre revoloteó en el salón. Su dulce tono golpeó las paredes y viajó entre todas las cosas en el ambiente. Los asientos, los cuadros, las flores… su esencia cubrió hasta el último detalle.

“¡Santi!”.

Mi cuerpo temblaba, tenía las manos heladas, el corazón pronto se me escaparía del pecho. El eco recorrió el principio y el fin, retumbó en mi cabeza y lo seguí oyendo aun cuando me había cubierto las orejas. Aspiré de mi inhalador y eché un ojo a través de la ventanilla del confesionario.

“¡Santi!”.

Volvió a llamarme, pero esta vez asomó la mano por el borde del ataúd.


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