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Mostrando las entradas de mayo, 2023

The Smiths, la eterna banda depre

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Más o menos a comienzos de los 80s, la era del post punk y la new wave dominaba bares ingleses llenos de humo y jóvenes incomprendidos. Por las radios corría un sintetizador sin patrón sonoro, textos transcendentes y algún que otro hit de The Cure y New Order, apenas nacientes. Se jugaba en paralelo a un rechazo de la norma, se cuestionaban las tradiciones y se despreciaba a las masas; existía un serio descontento con el sistema inglés. Bajo este oscuro panorama fue que nació The Smiths, una banda de post punk integrada por la guitarra melodiosa de Johnny Marr, altamente expresiva y palpitante, y la poesía de su compañero Steven Morrisey, un hater por naturaleza, enigmático, misterioso e inclinado por la autodegradación y la desgracia emocional. Ambos, junto a Joyce y Rourke, se convirtieron en apenas media década en el ícono definitivo del rock alternativo británico para un público desesperanzado y sin corazón. The Smiths ni era como otra banda mainstream de los 80s que se regía...

Me enamoré de él (porque)

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Me enamoré de él porque me proporcionaba más respuestas que la vida misma, porque me provocaba lo mismo que las palabras, que un poema de Benedetti o Lolita de Nabokov, porque era el cielo encarnado en la realidad, un mar de mil mundos ahogados en la superficialidad de la represión. Con él encajaba hasta el final, donde podíamos suspirar y permanecer en euforias de paz. Me enamoré de él porque más que un libro, era un cuaderno abierto que sorprendentemente nadie había escrito aún, y me brindó a mí y sólo a mí el privilegio de poder trazar en bocetos de romance una historia digna de pantallas de cine de los años cincuenta. Porque a falta de palabras para explicar la manera de cómo me hacía sentir, tuve que inventar un diccionario. Porque era él y mil veces él. Porque supo esculpir, leer, dibujar nuestras almas, nuestra pasión, magia y amor para cualquiera que venga después de mil años. Todo en él me consumía, me fatigaba, me desarmaba, me mataba y me encantaba como los cielos; lo dese...

Santi

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“¡Santi!”. La voz de mi madre revoloteó en el salón. Su dulce tono golpeó las paredes y viajó entre todas las cosas en el ambiente. Los asientos, los cuadros, las flores… su esencia cubrió hasta el último detalle. “¡Santi!”. Mi cuerpo temblaba, tenía las manos heladas, el corazón pronto se me escaparía del pecho. El eco recorrió el principio y el fin, retumbó en mi cabeza y lo seguí oyendo aun cuando me había cubierto las orejas. Aspiré de mi inhalador y eché un ojo a través de la ventanilla del confesionario. “¡Santi!”. Volvió a llamarme, pero esta vez asomó la mano por el borde del ataúd.

Abuelo

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     Tenía ochenta años y veintisiete dientes. Los lunes y martes olía a menta; el resto de la semana, a café. Presumía orgulloso que Tupiza era la cuna de la humanidad, y aseguraba con la mayor certeza que había pasado mil noches en el salar contando las estrellas, que había sido sobreviviente de la fuerza de no uno, sino dos rayos, y que pronto partiría a Ganímedes, luna de Júpiter. Nos confiaba sus delirios.      Su buen juicio había desaparecido ya hace años en el fondo de un baúl polvoriento; alguna vez lo canjeó por felicidad. Ahora su locura, siempre tan cuerda, deambula envuelta en sus propias fragancias por los corredores abandonados de la casona al final de la calle, trazando sus historias con las teclas oxidadas de la vieja máquina de escribir, encorvado su espíritu sobre páginas amarillentas y arrugadas… por las noches, en eterna soledad.

La anciana

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     El chirrido de las viejas bisagras de hierro lo despertó.      Le tomó unos segundos recordar dónde estaba y entonces sus latidos acelerados retumbaron en las frías paredes de granito. De pronto, unos pasos abatidos irrumpieron el eco metálico. Era la anciana. Se acurrucó en la esquina de la habitación, protegiéndose en vano detrás de la oscuridad; el sonido de las cadenas al arrastrarse flotó en el aire por unos instantes. La puerta se abrió y entró a la pieza un cuerpo encorvado, iluminado solamente por los débiles rayos que se daban paso por las goteras del techo. Las sombras resaltaban la cínica curva de su sonrisa escondida entre flácidas arrugas. Se acercó al prisionero y dobló sus rodillas hasta donde los años se lo permitieron para dejar una bandeja con comida en el suelo. Apenas eran una manzana y un pan con moho. Después, fijó su atención en el prisionero. Sus ojos resplandecían como un feroz felino en la penumbra.      —Co...

Sumaj Orck’o

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       Tomás Condori llevaba un casco amarillo y un pico al hombro el día que se extravió en los socavones; acababa de cumplir quince. El enigma de su pérdida descansó en todas las almas que el Sumaj Orck’o se ha tragado a lo largo de los milenios. Diez años después un joven escuálido se presentó en la entrada de la mina. Se quitó el casco, dejó el pico en el suelo, y luego, cubriendo sus ojos de la luz del sol, dijo:      —Este cerro es más profundo de lo que crees.